Año del centenario de José María Arguedas

Año del centenario de José María Arguedas

sábado, 21 de abril de 2012

Entrevista a la poeta Rossella di Paolo ...


                                   

 Fuente : Lima en escena


 -Sabemos que prepara un nuevo libro…-Sí.
¿En qué fase se encuentra su nuevo libro?- El libro está en la fase de cierre. Estoy en plena selección de poemas, lo que es complicado por el abundante material que tengo en estos momentos.
-¿Una selección difícil?-Desgarradora, porque desearía poder incorporar todo lo escrito, pero no será así.
-¿Qué plantea esta nueva entrega?-Este nuevo libro es una suerte de homenaje a Herman Melville, un escritor que me fascina. Particularmente me centro en personajes de dos libros suyos: Bartleby (Bartleby, el escribiente de Wall Street) y Ahab (Moby Dick).
¿Qué representan estos personajes para usted?-Me apasiona, por ejemplo, el contraste. Ahab es la desesperación de la voluntad, la acción obsesiva; mientras que Bartleby es un personaje que no hace nada, que se queda mirando una pared.
-¿En algún momento ha pensado incursionar en la narrativa?- No. Escribiendo poesía me siento en casa, lo mío es la poesía. La narrativa implica otra respiración, un movimiento hacia adelante; la poesía da vueltas, va en círculos…
-¿Por qué le seduce la poesía?-Por su capacidad de acercar y alejar el mundo, y el juego y misterio que hay en ello.



-Dedicarse a las labores académicas, ¿la distancia de su labor como poeta?-Lo académico y la poesía van en muchos momentos de la mano. El hecho de enseñar literatura es un estímulo para estar al día con las lecturas, para escuchar a las nuevas voces.
-¿La poesía ha cambiado en estos últimos años?-Por supuesto, la poesía está en permanente movimiento…
-¿Cómo la percibe?-Fresca, contundente. Nosotros en el Perú tenemos una tradición poética poderosa. Tener a Vallejo y Eguren es como tener un par de ángeles de la guarda.
-Sus grandes referentes…- Giuseppe Ungaretti, y aquí en el Perú la tradición es fuertísima, tenemos un lujo de escritores; pienso en Eguren, Vallejo, Moro, Westphalen, Cisneros, Blanca Varela, Eielson, Watanabe…



-Hace unos días se publicó un artículo sobre Vallejo que textualmente decía que “influyó de manera negativa en el subconsciente de los peruanos”…
-Contra ese artículo, me gustó lo que escribió el poeta Abelardo Sánchez León, quien resumió con ironía el signo –espantoso- de nuestros tiempos, en los que se exige que un escritor vaya acorde con “las exigencias del mercado: vender y ser un éxito mediático”.
Sin duda, esa exigencia es disparatada, porque los artistas de verdad viven hacia adentro y no hacia afuera, y no les interesa pegarse la sonrisa con gutapercha, como hacen muchos para poder pasar por el aro en sociedades agobiantemente “exitosas”.
En el artículo que mencionas en tu pregunta se llegaba al extremo de querer enmendarle la plana a Vallejo, forzando unos versos de “Espergesia” hasta una euforia completamente boba, como si ya no hubiese bastante de esa euforia falsa y papanatas en el mundo que nos rodea: en la publicidad, los jingles, los tips de autoayuda, los sermones, las arengas políticas… ¿También necesitan que Vallejo sea uno de esos publicistas que nos chillan que el mundo es una maravilla, y que el error, el sufrimiento, la enfermedad, la muerte solo existen en la cabeza de los loquitos poetas?
-¿No tienen ni idea del valor y la poética de Vallejo?-El valor con el que Vallejo se sumergió en el corazón humano y salió de allí con una de las poéticas más intensas y renovadoras del siglo XX ya quisieran tenerlo los economistas, los financistas, los señores de la bolsa, los banqueros… que viven tan protegiditos tras sus murallas, sus cercos eléctricos, sus agentes de seguridad, sus lunas polarizadas y cabinas climatizadas… y que cuando las papas queman por su propia acción especuladora y angurrienta piden/exigen “rescates” a los gobiernos. ¡Qué fácil! Ellos son los que nos deprimen, no los poetas.
 
 
 

domingo, 8 de abril de 2012

Entrevista a Ulises Gutiérrez ....



Comparto una breve entrevista de Carlos Sotomayor al escritor Ulises Gutiérrez sobre su nueva novela Ojos de pez abisal.

FUENTE: LetraCapital

Ulises Gutiérrez ya había dado algunas muestras de su talento narrativo con el conjunto de relatos The Cure en Huancayo. Sin embargo, es con la novela Ojos de pez abisal (Bisagra editores, 2011) con la que alcanza un acierto mayor. Cabe añadir, además, que Iván Thays la consideró como la mejor novela peruana publicada el año pasado.

Entrevista CARLOS M. SOTOMAYOR

¿Cómo surge la novela?

Como historia ya la tenía concebida más o menos. Quería contar la historia de alguien que hablara de esa época. La idea nació, creo, cuando mi madre me narraba la historia de una amiga. Yo viví la infancia en Colcabamba, un pueblito en Huancavelica, que vendría ser Samaya de la novela. La historia de Colcabamba durante esos años era bastante extraña, porque en todos los pueblos de los alrededores habían matanzas, menos en Colcabamba. Con los años, me preguntaba por qué había sucedido esto, por qué el terrorismo no entró allí como sí lo hizo en el resto de pueblos. Claro, uno sabe luego que quizás era la geografía que la hacía difícil de atravesar. Hasta que un día mataron al hijo de una de las familias más conocidas del pueblo. Y comenzó toda aquella habladuría de que por fin entraba Sendero. Recuerdo haber visto las hoces y el martillo titilando en la noche. El pueblo entró en pánico. Los rumores gobernaban todo. Decían: mañana muere tal. Hasta que apareció el hijo de este señor. Y cuya muerte le provocó tanto dolor a su familia que su madre prometió nunca más volver al pueblo y nunca más lo hizo. Pero lo que recuerdo más es el hecho de que mi papá le dijera a mi mamá que no vaya al entierro porque había habladurías de que todo aquel que fuera al entierro iba a ser asesinado. Y como las mujeres, mucho más valientes que los hombres, fueron al entierro. Es a partir de allí que nació la idea.

La novela toca el tema de la violencia política que padecimos…

Creo que era inevitable. Hay muchas historias de suspenso o de mucho dolor para todos que, de algún modo, nos ha tocado esa guerra. Muchas cosas que cuento en la novela han pasado realmente. La historia de Nemesio, la he narrado tal como pasó. Un día apareció en mi pueblo un hombre que había atravesado la cordillera más alta que separaba a Colcabamba de Huanta y nadie le creía. Llegó con su mujer y su hijo y contó todo lo que se narra en la novela. Y claro, lo que me pasaba a mí. Estudiaba en Lima en esos años, mi familia vivía en Huancayo. Cada vez que tenía que viajar a Huancayo, o venir a Lima, era un juego a la ruleta rusa, pues tenías que pasar por tres o cuatro controles militares, y en cada uno te bajaban, te interrogaban, te amenazaban; y por ambos lados.

En la novela hay un fuerte vínculo entre el protagonista y su hermano, al que lamentablemente pierde…

Cuando yo estudié en Lima, vivía en la residencia universitaria de la UNI. Y el tema común entre todos los provincianos era la manera de cómo te adecuabas a la nueva forma de vivir. Esa soledad acompañada, digamos, porque en la residencia éramos 120 personas que vivían juntas, pero no éramos una familia. Y el común denominador era el echar de menos a la familia. Y el hecho de que te visitara la familia era una alegría enorme. Claro, cuando escribía la novela lo que quería era contrastar la pérdida que Zancudo iba tener respecto de su hermano, cómo tenía que ser esta separación. Quería contar esa relación entre hermano mayor y hermano menor. Lo que a mí me ha sucedido: lo que más recuerdo de mi hermano mayor era su afición a la música. Se gastaba su dinero en eso. A veces salía de mi casa a comprarse ropa, pero yo lo veía regresar con la misma ropa pero cargando discos de vinilo, y que encima no teníamos donde tocarlos.

La desaparición de su hermano acelera la debacle familiar.

Claro, porque duele menos que muera tu padre o alguien de más edad, pero que un joven muera, en la plenitud de su vida, es mucho más doloroso. Entre los amigos que han perdido familia en esa guerra, el dolor más indescriptible que me han contado ha sido la muerte de un hermano, un primo, alguien de tu edad. Y al momento de escribir la novela iba por allí la cosa.

Una de las partes más interesantes de la novela es este encuentro entre el protagonista y el asesino de su hermano.

Ese fue el capítulo más difícil de escribir. No quería que la novela se convierta en un Zancudo como Sherlock Holmes buscando al asesino. No quería que terminara siendo una novela policial. Cuando les contaba esa parte a unos amigos, me decían: esto no te lo creo porque no sucede así. Mi amigo Mario León, que vendría a ser el Cayo de esta novela, me decía: si yo caminando en las calles de Tokio me encontré con Mabel. Kioto tiene 18 millones de habitantes y era improbable que se pudieran cruzar, y sin embargo sucedió.

Ese encuentro plantea, además, la posibilidad de la reconciliación. El asesino le pide perdón al Zancudo, el protagonista, quien reacciona al principio violentamente.

Claro, yo me podía en el lugar de él. Cómo tendría que reaccionar una persona que haya pasado por un drama como ese. También fue uno de los capítulos más difíciles, tenía como tres o cuatro versiones. Hasta que un día leyendo el National geographic di con una crónica sobre un racista en Sudáfrica que había asesinado a unos hermanos negros. Y que en la cárcel le había pedido al periodista muchos años después que se comunicara con la madre de las víctimas porque quería pedirle perdón personalmente. La madre que al principio se había negado accede finalmente a ir. Y cuando está yendo está convencida de que no lo va a perdonar. Y en la crónica se narra la incredulidad de la madre de perdonar al asesino de su hijo. Pero a medida que conversan y el asesino le plantea su arrepentimiento, la madre termina perdonándolo e, incluso, abrazándolo. En la novela, Zancudo lo piensa, pero no lo admite.

¿Cómo te planteaste la estructura?

Yo siempre me he sentido más cómodo con este tipo de narración, con los saltos temporales, por ejemplo. Y de hecho, en esta novela, los capítulos que avanzaba los llevaba al taller de Iván Thays. Y su frase favorita es: narrar es ordenar. Y había que ordenar de manera que la narración sea más clara, más dramática. Cuando fui armando la novela iba sabiendo en qué momento iba a narrar tal cosa, en qué capítulo iba a narrar tal sucedo. Estaba convencido de que tenía que ser con saltos temporales.


sábado, 17 de marzo de 2012

"Vallejo, Ribeyro y Montaigne" ... y la estupidez de De la Torre ...



Unos días antes de que se cumplieran los 120 años del nacimiento de César Vallejo -el poeta más grande que ha visto nuestro país-, un imbécil - no hay otra manera de calificarlo - publicaba un artículo donde argumentaba que Vallejo “influyó de manera negativa en el subconsciente colectivo de los peruanos” y - ya para coronar su estupidez - criticaba a Julio Ramón Ribeyro - otro de nuestros grandes pilares de la literatura peruana - por poseer "una narrativa que sublimaba y endulzaba el fracaso”. Vaya insensatez la de este tipo.

A partir de esto han salido muchísimas personas - algunos son los oportunistas de siempre que se rasgan las vestiduras cuando tocan su "peruanidad" y joden, joden, y joden sin saber por qué lo hacen - que sin haber leído un solo verso de Vallejo o un cuento de Ribeyro criticaban al autor de la columna. Sin embargo, hay personas que con argumentos sólidos y sin especulaciones destruyen el texto de De la Torre. Comparto el texto de Gustavo Faverón que muestra claramente cómo se puede escribir un artículo bien sustentado y con argumentos irrebatibles.

Fuente: Gustavofaveron.blogspot.com


No es que yo sea adivino. Es simplemente que no podía ser de otra manera: el relanzamiento de las columnas de opinión del diario El Comercio empieza a mostrar su nueva realidad, y es, si cabe, peor que la anterior. Ayer, por lo pronto, inaugurando lo que se anuncia como una rica tradición, El Comercio ha publicado un texto de Diego de la Torre que puede ser la columna de opinión más estúpida que haya aparecido en la historia de la prensa nacional. Para evitar prejuicios, los invito a leerla antes de continuar con este post. La columna la pueden ver haciendo clic sobre la imagen de la izquierda (o reproducida aquí).

Si no creen lo que acaban de ver sus ojos pueden hacer clic otra vez y cerciorarse: todos tenemos derecho de dudar ante lo absurdo. En resumen, lo que el texto dice es que el Perú sería un mejor país si no hubiéramos tenido nunca a un César Vallejo ni a un Julio Ramón Ribeyro; que Ribeyro y Vallejo son dos lastres en el imaginario de la peruanidad porque, a través de relatos como “Paco Yunque” de Vallejo y “Alienación” de Ribeyro, ambos autores nos han enseñado que en el Perú existen la injusticia social y el prejuicio, el dolor humano y la iniquidad, el abuso y la segregación, y también las máculas de un auto-desprecio forzado por las marginaciones de la sociedad.

El artículo de Diego de la Torre dice que estaríamos mejor si en lugar de tener a uno de los cuentistas magistrales de la tradición hispana y en lugar de tener a quien fuera, posiblemente, el mayor transformador de la poesía en español en los últimos trescientos cincuenta años, hubiéramos tenido una serie de epígonos de Paulo Coelho.

En el primer día de su nueva escalada a las alturas de la intelectualidad, El Comercio nos da a los peruanos el consejo de no leer a nuestros clásicos porque no nos pintan una utopía de ensueño ni nos dan consejos de microprograma motivacional ni nos idiotizan con superficialidades. El Comercio nos recomienda ser ignorantes y su columnista denuncia a quienes quisieron abrirnos los ojos. En el país de los libros inexistentes, El Comercio nos pide ignorar los libros que sí existen y reemplazarlos con lemas de autoayuda. El Comercio nos pide que leamos El Comercio y lancemos a Vallejo y Ribeyro a la papelera. ¿Es este el mismo diario que en el pasado publicó libros de Vallejo y Ribeyro? Obviamente no: este es el nuevo El Comercio; el otro era, al menos a veces, el de la noble profesión del periodismo, éste de hoy es el del más vil de los oficios.

Siguiendo la lógica de De la Torre, como es evidente, no debemos leer a Vargas Llosa, que nos dice que el Perú se jodió y encima no sabe cuándo; ni a Bryce, porque nombra la enfermedad de los regímenes de servidumbre; ni a Arguedas, que cuenta los sueños de reivindicación de los oprimidos; ni a Ciro Alegría porque en vez de engañarnos con la mentira de la hermandad nacional nos señala el racismo y el oprobio del gamonalismo; ni la poesía de Eguren porque no nos aconseja cómo salir de los pasadizos nebulosos; ni mucho menos la de Adán, que no dice nada y se está callada escuchando su propia voz.

Diego de la Torre, cuya capacidad de lectura no puede ir más allá de interpretaciones al pie de la letra (como las del célebre personaje de Ribeyro que terminó matando a su amada por su incapacidad de comprender una metáfora) supone que la vida es literalmente una competencia con repartición de medallas en la línea final, y que, en ella, alguien como Vallejo, acaso por haber muerto sin dinero o por no haber alcanzado en vida la plena celebridad, o acaso simplemente por no haberse rendido a la lógica del capital como única medida de toda moral, no es otra cosa que un fracasado.

Para Diego de la Torre, columnista de opinión de El Comercio, la manera de desaparecer la injusticia es dejar de hablar sobre la injusticia. En su artículo de El Comercio, Diego de la Torre posa de liberal cuando la idea que propone parece urdida por uno de esos funcionarios coloniales que durante el virreinato prohibieron la importación de libros de ficción a Hispanoamérica, probablemente conscientes de que cierta literatura tiene el poder de abrir los ojos de los descastados, los parias, los marginados, los oprimidos y también de los que se prestan a la preservación del status quo porque sufren el hábito de la indolencia.

La columna de opinión, como género, es la heredera más popular del ensayo, y la forma moderna del ensayo surgió, según suele repetirse, con Michel de Montaigne. En este artículo que toca el fondo más bajo en la historia de las columnas de opinión, Diego de la Torre se da maña para citar al filósofo francés. Y claro, como si se tratara de Ed Wood haciéndole un guiño a Orson Welles desde una escena de una película paupérrima, el más ridículo de los columnistas, De la Torre, cita erróneamente a Montaigne, el más sublime de los ensayistas.

De la Torre escribe: “Michel de Montaigne, célebre escritor francés del Renacimiento, concluyó en su ensayo número veintidós que ‘la pobreza de los pobres se debe a la riqueza de los ricos’”. A partir de allí, De la Torre culpa a Montaigne por haber iniciado, con su ensayo veintidós, e influyendo sobre Voltaire y Marx, no sólo “la carnicería de la Revolución Francesa” sino una cadena de eventos que culminaría en los genocidios conducidos por Mao, Stalin y Pol Pot. Mi amigo José Luis Gastañaga anotó en su Facebook algo que nos permitirá distinguir rápidamente la insuficiencia intelectual de De la Torre. Escribe José Luis:
“Está bien citar a Montaigne, pero estaría mejor citarlo bien. El columnista ha leído de todos los ensayos de Montaigne el más corto, ha tomado nota del título únicamente y lo ha reproducido (o traducido) mal. Montaigne dijo "Le profit de l'un est dommage de l'aultre", es decir, el beneficio de uno es el daño del otro. (Libro primero, Ensayo 21, ¡no 22!). Lo escribió para responder a quienes condenaban que el sepulturero se beneficiara de la muerte o el médico de la enfermedad. Sostiene que el crecimiento de una cosa supone la alteración o corrupción de otra; y eso le parece muy de acuerdo a lo que acontece en la naturaleza. Era un hombre muy sabio, Montaigne, y un escritor encantador. Ojalá El Comercio publicara sus ensayos (o los poemas de Vallejo o los cuentos de Ribeyro) en lugar de estas columnas raquíticas que nada aportan a los lectores del diario”.
A todo esto, uno se pregunta cómo así es que no hay marchas de protesta en las calles y hogueras encendidas en todas las esquinas del Perú ahora que un editorialista en el diario que antes fuera el más prestigioso del país ha llamado a dejar de leer a Vallejo y a Ribeyro. Creo recordar un oscuro incidente en el pasado lejano, uno en que un escritor peruano decía que no le gustaba la cocina criolla y las masas salían a pedir su cabeza. Incluso, en mi nebuloso recuerdo, me parece recordar haber dicho, yo mismo, que los peruanos tenían sus valores de cabeza. Pero debe de haber sido una pesadilla mía, o un viaje de LSD, porque terminaba con cocineros juzgando concursos de literatura.

Hace años, escribí que el hecho de que Alonso Alegría fuera el único comentarista del teatro en la prensa peruana era un síntoma de que las cosas empezaban a estar excesivamente mal. Ahora, una vez publicada la columna de De la Torre, el único comentario en favor de ella que he leído es de Alonso Alegría (los libros de cuyo padre deberían ser vetados si siguiéramos la lógica del columnista de El Comercio). Alegría escribe:
“Desde hace años vengo opinando exactamente lo mismo que el vilipendiado articulista. Estoy totalmente de acuerdo con él —y no de ahora— que César Vallejo nos dio permiso a los peruanos para ser depresivos porque nacimos cuando Dios estaba enfermo, y Julio Ramón nos dio permiso para ceder a la tentación del fracaso”.
Tonterías, obviamente. Tonterías que equivaldrían a decir que por culpa de Sófocles los griegos creían que el esfuerzo humano era inútil, o que por culpa de Kafka los germanos suponen que un hombre es en el fondo una cucaracha, o que debido a Melville y a Hawthorne y a Poe y a Faulkner los americanos se creen condenados a la desgracia y al horror, o que Camus y Sartre han convertido a los franceses en fatalistas o en nihilistas. Aceptémoslo: hay una razón por la cual Vallejo escribió "Los nueve monstruos" y la obra cumbre de Alonso Alegría es Nubeluz. ¿Queremos darnos cuenta de que "desgraciadamente, hombres humanos, hay, hermanos, muchísimo que hacer" o preferimos vivir en el mundo glúfico de Alegría y De la Torre?

Apenas se anunciaron las nuevas columnas de El Comercio, Marco Sifuentes escribió por ahí que ya se notaba la mejoría. Eso debería haber sido suficiente para saber que El Comercio entraba en un periodo mayor de vacuidad y que iba a multiplicar su lucha contra la inteligencia. Ahora las pruebas empiezan a apilarse unas sobre otras. Antes los periódicos sólo servían para envolver pescado o acabar en la basura. Desde hace un tiempo la mayoría viene directamente de allí. Es la fujimorización de la prensa entrando en su nueva fase. Y con una larga lista de tontos útiles que se prestan a ello; que prestan su torpeza disfrazada de sabiduría y su ignorancia enmascarada de sentido común.


domingo, 11 de marzo de 2012

Entrevista a Wendy Guerra ...

Posar desnuda en La Habana es el titulo de la nueva novela de Wendy Guerra. Escrita en clave de diario, la novela toca a uno de los personajes más famosos de la literatura: Anais Nin.

A propósito de su llegada a las librerías limeñas, Carlos Sotomayor entrevistó a la escritora.

FUENTE: LetraCapital

A Wendy Guerra le bastó su primera novela para alcanzar el reconocimiento internacional: Todos se ven obtuvo en el 2006, en España, el Premio Bruguera. Hace unas semanas llegó a nuestras librerías limeñas Posar desnuda en La Habana (Alfaguara, 2011), su más reciente novela, escrita a manera de diario, en donde la autora encarna la voz de la famosa Anaïs Nin.

Entrevista CARLOS M. SOTOMAYOR

¿Por qué Anaïs Nin? ¿Qué te sedujo de ella?

Anaïs en era seductora profesional, desde niña se buscó la vida afectiva seduciendo a los seres queridos que la circundaban. Es el ritual de la seducción lo que la hizo protagonista de las décadas que asentó en sus diarios de vida y obra, una comunión inigualable. Me sedujo la coherencia de su biografía, encantadora desde la primera página llena hasta el último pliego “mudo” el día de su muerte.

La novela está estructurada a la manera de un diario. Algo que no es nuevo para ti, lo haces desde tu primera novela Todos se van. ¿Cómo surge tu relación con los diarios?

Hay toda una dinastía de mujeres presas por sus diarios, posan y viven para él. Yo soy una mujer con un diario en la cabeza, pero puedo ser libre y volver al diario como quien regresa a la casa del árbol tras pasar una temporada en la casa de familia. Las estructuras para mí son las técnicas que me hacen intérprete de los géneros. En este caso interpreto a una Anaïs cubana en los años veinte, en el caso de mi Diario Personal ficcionado me dejó la posibilidad de aprender a traducir dramatúrgicamente mi propia voz, para luego encarnar voces disímiles en estilos diferentes. El carácter de un autor no puede pelearse con los caracteres de los personajes, es este el valor de un autor, su mimetismo desde un tratamiento único, nuestro, propio. Bailar todos los géneros, desde el nuestro, reconocible y nítido; esta es mi lucha estructural diariamente con mi obra.

¿Cómo fue el proceso de investigación acerca del personaje?

Fueron años de ayuda, años de dolor y desorientación e las contradicciones de una mujer feliz, atormentada, bígama, interminable, años de colectar fondos sin que nadie tuviera esa certeza, la certeza de que Alfaguara compraría el proyecto y que los franceses abrazarían de vuelta a una Anaïs cubana, caribeña, universal.

El título de la novela alude a la época en la que Anaïs posaba para amigos pintores. En una entrevista, comentabas que tú también posabas para tus compañeros de artes plásticas.

Sí, posar es un estilo, pero el cuerpo guarda las ideas, como un estuche el más valioso violín.

¿Qué significó para ti ganar el Premio Bruguera con tu primera novela?

Un disparo al aire, que al escucharlo, me hizo correr y correr hasta alcanzarme a mí misma, ése día me conocí, ese día nos presentaron: a la muchacha del diario y a la autora. Dije, me han sacado del ostracismo para demostrarme que puedo, los libros estaban por todas partes, traducidos a trece lenguas hoy me recorro con un grupo de personajes que no me abandonan y llevan a conocer a los siguientes.

Publicaste un poemario titulado Ropa interior. ¿Cómo surgió dicho libro?

Nunca fui primera Dama y Ropa Interior hablan de la vida interior de la vida íntima cubana. Con ellos (uno en su poética pura, otro en su prosa responsable y cruda) armo el tríptico del imaginario cubano que atravieso en mi subconsciente cubano, aislado, dilatado en las costas de mi intimidad.